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23.10.2015 20:47

En el teatro

En el teatro, 

esa forma de medida contando segundos, a veces falla. 

La perfección recién aparece cuando ya no hace falta contar. 

Ya no se teme al inconsciente;

el ritmo se ha apoderado del cuerpo.

 

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23.10.2015 20:36

JAVIER TOMEO, prólogo de la novela Golondrinas Ocultas

Prólogo de JAVIER TOMEO para Golondrinas Ocultas.

"Sobre la juventud se han dicho muchas cosas y todas, posiblemente, sean ciertas. Los árabes, por ejemplo, dicen que es una locura pasajera, y el gran Salomón, por su parte, nos confiesa en la Biblia que hay cuatro cosas que le resultaban muy difícil de entender: el rastro del águila en el cielo, el rastro de la culebra sobre la peña, el rastro de una nave en alta mar y el proceder del hombre en su mocedad.

Es obvio, de todas formas, que, más allá de lo que pueda decirse sobre la juventud (que los ancianos definen como una especie de enfermedad que se cura con el tiempo) lo cierto es que los jóvenes se alimentan de sueños que necesitan (y en algunos casos exigen) ver convertidos en realidad, sobretodo cuando viven en un clima social tenso, de miedos y represiones.

Ese es precisamente el tema de esta magnífica novela, Golondrinas Ocultas, que narra la historia de emigración y desarraigo (así la define su autora, Marta Binetti), vivida por un joven inmigrante bonaerense que a finales de los setenta vuela a Munich, en la lejana Alemania.

Es cierto que podemos dedicar todo el tiempo a pasear por el interior de nuestra habitación habitual inventando un nuevo paisaje a cada vuelta. Diría incluso que los menos exigentes tienen suficiente con eso. Lo normal, sin embargo, es que la gente joven ponga todas sus cartas encima de la mesa, rompa sus cadenas, abandone la habitación habitual de sus vidas y se lance a la excitante aventura de la distancia porque saben que más allá, al otro lado del mar, hay una ciudad soñada que es preciso descubrir.

No hay nadie que pueda impedirles esos vuelos migratorios. Nos lo recuerda un personaje de la propia novela, Frau Berger, que menciona las grandes redes que tienden algunos hombres y que no acaban de impedir que las golondrinas vuelen hacia África. En ese sentido podemos decir que la juventud es más fuerte que sus carceleros."

Golondrinas Ocultas, Marta Binetti, Editorial Ayesha, BA, 2007

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Capítulo X , de Golondrinas Ocultas

                                                        AMALITA

 

Mi padre bajó del coche y fue a abrir la tranquera. La sombra de la doble hilera de álamos parecía un ornamento fantástico que conducía a un oasis: un regalo del cielo. Atravesamos esa frescura en dirección al casco que, de lejos, en ese escenario interminable y sin límites, me pareció una miniatura – quizás nomás que por haber estado entrenado en ver y pensar a corta distancia–. 

Cerca de las caballerizas, nos divisaron los peones y uno de ellos entró en  la casa.

 

-¡Qué alegría verte, Paquita!- dijo la prima abrazando a mi madre. Después nos saludó, a mi padre y a mí, con una cordialidad exagerada. Cuando me acercó la cara yo retrocedí para verla bien porque me pareció que lloraba.

Papá me hizo una seña para que me acordara de sus recomendaciones para soportar a esa prima de mi madre a quien había puesto el sobrenombre de  “urraca“. 

Ella era  nieta de un fundador de una localidad pampeana de mala muerte al cuál mi padre había estado obligado a saludar cada año para la fecha de la fundación. El abuelo de “la urraca“ había muerto. Y desde entonces la urraca se encargaba  de la ceremonia de aquel absurdo aniversario al que mi padre se negaba cada año a acudir hasta que mi madre suplicaba y él, como era habitual, cedía . 

La prima nos invitó a sentarnos en la galería y me hizo traer un refresco de granadina,  un brebaje empalagoso.  Al final del patio estaban sentadas dos indias viejas, como en otro mundo, atareadas sobre sus faldas.

Me ordenaron pararme para que saludara al marido de la urraca. Era un galés de dos metros. Frente a él yo me sentí tan gigantescamente diminuto y esperanzado de que él, al menos, trajera alguna diversión. En lugar de estrecharme la mano, él me hizo ver que tenía las suyas cubiertas de sangre porque había ido a cazar.

-Primero voy a lavarme-dijo.

Llevaba una escopeta y un par de perdices  que dejaban caer una hilera muy fina de sangre.

La prima de mi madre me preguntó por la escuela, y qué deporte me gustaba, qué me gustaría ser cuando fuese grande. Advertí que mi madre estaba nerviosa. Yo la miré fijamente para que interviniera y me liberase de responder a tantas preguntas. Ella las respondió por mí. No sé por qué se le ocurrió decir:

-Carlitos quiere ser diplomático.

-Ah, ¡muy bien!- aprobó la prima. 

-No- contradije-; quiero ser piloto.

No podía quitar a mi madre su dosis de enojo diario; ya no hablaría conmigo en todo el día; pero yo supe que en el fondo me lo agradecía.

-Le gusta contradecirme- dijo.

 Su prima carcajeó y me dijo:

-Pero Paquita me dijo que eres muy estudioso.¿Estarías dispuesto a enseñar a Amalita a saludar en francés?

La urraca se volvió hacia mi madre.

-Amalita ya cumplió cinco años. Las dos hermanas mayores no quieren enseñarle porque se comporta mal: no les habla. No es que sea muda; habla hasta por los codos, cuando se encierra a jugar con las muñecas. Es una zorrita. Pero en marzo va a ir a un internado, con las monjas salesianas;  y la van a poner a raya. Yo no tengo autoridad suficiente. Las mayores se están haciendo señoritas y me tengo que ocupar de ellas más que nunca- dijo compadeciéndose a sí misma.

 

El galés volvió a buscarnos para hacernos recorrer el casco. En el gran salón de la casa el aire era fresco y húmedo. Tenía un carácter lúgubre, remarcado por óleos resquebrajados de pintores anónimos de batallas entre federales y unitarios. Indios, gauchos, sables y caballos como fieras. Mi padre identificó al General Rosas en un retrato y se lo comentó al galés.

-No sé quién es el del retrato- le respondió-; pregúntele a Mercedes.

El olor del trigo del granero penetró y me sacó de la oscura seriedad. 

El comedor de la peonada estaba impregnado  por el humo grasiento del churrasco. Los arrieros entraron sudorosos, arrastrando espuelas; cansados. Uno por uno  fueron tirando los  bifes  sobre las hornallas de hierro de una cocina a leña.  Se sentaron a una gran mesa grasienta y destartalada y devoraron la carne hasta  limpiar  bien los platos embebiendo el pan con la sangre restante.

-Hoy arriaron quinientas cabezas. Unas a los corrales, y la gran parte a los camiones. La exportación empezó a aumentar. Dios está del lado nuestro; en otros países contamina el diablo- dijo el galés.

El olor a carne chamuscada había invadido el entorno. Yo estaba impregnado de pies a cabeza y ebrio de cansancio. Papá me zamarreó para despabilarme y seguir al galés al establo de los caballos.

 

Dormí una buena siesta, hasta que un chico vino a buscarme para que fuese a cenar con los mayores. Él me esperó en el pasillo mientras me vestía. Yo ( por espiarlo) tardé más de la cuenta. El chico seguía esperándome sin insistir. Como si esperar fuese su oficio. Lo seguí hasta el comedor; no pude mirarlo a la cara porque él caminaba con la cabeza gacha. La familia entera estaba sentada a la mesa y el chico se fue enseguida y yo no alcancé a preguntarle su nombre.

-Lo trajimos del Paraguay- dijo la urraca.

Mi padre me miró de reojo.

-Es tataranieto de Yaparí, el artista guaraní. La familia trabajaba en las reducciones de los jesuitas.

 

Amalita fue, de las tres chicas, la que se mostró más reacia a saludar. No abrió la boca.

- Maleducada. Saluda a los huéspedes que nos honran con su visita- le dijo su madre en voz baja. 

El galés inició una risa general, de desahogo, y alcancé a ver un brillo en los ojos de Amalita, delatando su gusto por provocar- un placer que no me era desconocido.

Hicimos sobremesa en la mesa del patio. Desde allí se podía mirar el cielo, pesado de estrellas. Contento, aproveché la nitidez de aquel cielo de fondo negro para señalar las constelaciones a las chicas. Amalita se quedó largo rato mirando el Cofre de Joyas, mientras yo les explicaba que está compuesta de estrellas de distintas temperaturas, por eso se ven tan diferentes colores. Amalita hizo una mueca de disgusto, reproducida por sus hermanas mayores. No supe por qué les fastidió que yo explicara lo que observaban.  

Mientras tanto, la voz del galés resaltaba sobre el canto constante de los grillos y los sapos.

-Soy un pionero que se adaptó muy bien a este mundo de naturaleza intacta- dijo orgulloso. 

Mamá aplaudió. Cuando bebía un sorbo de vino enseguida se le daba por ahí y mi padre solía agarrarse la cabeza. En aquella oportunidad, sin embargo, el aplauso le fue indiferente. No le importaba la reacción de los presentes. Y estaba allí a desgano; solo por complacer a mi madre.

Mientras papá bostezaba el galés se entusiasmó y empezó con sus anécdotas de las andanzas en el campo y la hazaña de hacer llegar –no solamente por la vía diplomática- su whisky preferido de la manera más rápida y económica posible  Ya entonado por la bebida  confesó que extrañaba ese mundo que había dejado atrás pero al cual, de alguna manera, seguía perteneciendo. Su mujer se mostró enervada. Quizás quería hacerlo callar cuando envió a las chicas a la cama. Le salió de pronto una voz fuerte, de tono autoritario. Muy distinta al gorjeo inicial. Fue cuando le dijo a Amalita:

-Carlitos te va a enseñar a saludar y dar las gracias en francés. 

La nena se sacudió con una risita y me miró antes de irse.    

 

El aire puro me despertó de un golpe y me encontré encandilado por la luz de la mañana radiante.

Don Lucero, un peón viejo con brazos de dinosaurio, me acompañó a las caballerizas. Me hablaba con aire paternal y mirándome siempre de reojo.

-Ensillé este potro para vos- me dijo acariciando un alazán. 

Le di las gracias. Él se quedó de pie frente a mí, moviendo la cabeza afirmativamente, como alentándome para que dijese algo más. 

-Vamos a ver...- dijo.

No té que él quería charlar. Quién sabe cuánto tiempo hacía que no conversaba con alguien. Y yo no tenía nada que decirle, así que le di  las gracias por enésima vez, deseando que se fuera. Mi timidez me volvía siempre antipático.

- No hay nada que agradecer- dijo- .Tengo demasiado tiempo libre- dijo riéndose-.  Debo estar por estirar la pata.

-¡No diga eso, don Lucero!- pude responderle, gracias a estar  bien enseñado.

-Tengo suerte de vivir acá- continuó diciendo-. Los demás desgraciados tienen que hacer varias leguas para ir de acá a los ranchos. Yo no dependo de la distancia; estoy siempre en  el mismo lugar.

Me dio las riendas y fue a sentarse bajo el eucalipto. Ahí se pasaba el día sentado. Inmóvil y en silencio, esperaba que alguien de la casa  se le acercara a pedirle algo y le hiciera resucitar del tedio.

 

El potro se paseó en dirección al arroyo. Terminó de tomar agua y se quedó quieto, esperando que yo le diera una señal, como todo jinete. Yo sacudí las riendas y él siguió andando al paso, junto a la orilla. Y cuando  me encorvé para esquivar las ramas de tamarugo , salió al galope y atravesó el campo abierto hasta llegar a una loma grande. El arroyo era más profundo, aunque tan límpido que se podía seguir viendo el brillo de las piedras con mica, bajo el caudal de agua sonoro. A lo lejos, distinguí a un caballo junto a un  jinete sentado a la orilla. Mi potro cabeceó para espantar los tábanos y se paseó hacia ellos. Cuando nos íbamos acercando, reconocí a Amalita. Riéndose, me contó la artimaña:

-Le pedí a Don Lucero que te ensillara ese potrillo porque siempre me sigue hasta acá. ¡La yegua que monto es la madre!

Me gustó que ella se largara a hablar conmigo, siendo que se negaba a hacerlo con todo el mundo. Se había creado un mundito secreto entre ella y yo. Tuve la fantasía vanidosa de creer que ella, dado que yo era unos años mayor, podría enseñarle muchas cosas, además de las constelaciones  Y, lo que menos pensaba, era que ella sería mi maestro. ¿Cómo iba a pensar que cuando yo- un jinete inexperto- acabara de apearme ella ya estaría desnuda? 

Me quedé paralizado. Muy erguida , Amalita me ordenó que fuera hacia ella. Me invadió el pánico.

-Sos una nena- le dije aterrorizado.

Ella me pidió que me desnudara de una vez.

Temblando me saqué las botas y  suspiró contenta, estirándose como quien disfruta el despertar.

Me avergoncé al ver mis piernas velludas de adolescente ante la belleza angelical que se acercaba a mí como un diablo, para apresarme y tironearme de la mano hasta las piedras. Pero ella no se valió más que de su extraordinario equilibrio y, sin fuerza alguna, me ayudó a caer con ella en el agua de un arroyo empinado.

Era sólo un juego entre uno y la corriente: resistirse y entregarse. No se podía planear pensando: uno estaba librado a la destreza del cuerpo. 

Mi mente se hallaba de vacaciones. El miedo ya se le había escapado y la cabeza se tomaba un refresco. Y se le escapaba la risa, al girar uno en los  remolinos. Mi mente era  mi cuerpo. Así lo sentí. Por primera vez. Junto a Amalita.  

Logramos regresar a tierra firme extenuados. Gozando y riéndonos, de tan mareados. 

Los caballos habían quedado a lo lejos. Se los veía aparecer y desaparecer. En esa luz tan intensa, todo parecía un espejismo.

 Amalita y yo caminamos hacia los caballos, espantando tábanos y tratando de  lastimarnos lo menos posible entre las ramas de los tamarugos y los espinillos. Luchábamos contra el encandilamiento cuando Don Lucero apareció. Vino a buscarnos,  “por orden de los mayores“, dijo.

-No voy a decir nada, gurí- me prometió-. Porque si les cuento te van a meter en un reformatorio.

-¡Qué suerte  vivir cerca de un río!- le dije agradecido.

-¿Río?- me preguntó Eusebio.

-Bueno; me refiero al arroyo- corregí, recuperando la noción del tamaño.

-¡Eso no es más que un charco!- dijo.

Don Lucero rió como si se lamentara. 

Los tres cabalgamos despreocupados hacia el casco a través de la planicie inmensa, fuera del tiempo.

 

“Aquí el horizonte es como un cerco. No se ve, pero se distingue en derredor .Los que vienen de la urbe no tardan en enloquecerse por querer saltarlo. No pueden estar tranquilos“, me había dicho Don Lucero.

 

La desolación del campo aumentaba mi letargo; tantas horas sin hacer nada, sentado en el asiento trasero del coche. Castigado por el calor diurno y la luz que encandilaba; y   ese cielo de un celeste grisáceo, que no cambiaba. Yo esperaba ver jinetes a caballo, pero ningún paisano salía al campo abierto a esas horas. 

Cuando aparecieron los cirros blancos, el cielo se volvió azul.

 

 

 

 

 

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23.10.2015 18:37

Poesía y otras hierbas

 ¿Para qué escribir, entonces? 

¿Para sublimar el agobio de tu locura? 

Eso sí vale la pena: 

no tratarás de convencer a nadie 

ni habrá postulados. 

Solo poesía.

 

 

 

(OTOÑO)

 

Imaginate la ausencia de un 35 aniversario.

Imaginate extrañándote, llamándote por fin.

Imaginate un beso.

Imaginate todos los vacíos:

que les damos asueto,

que nos sacudimos las piolas

y el herrumbre paciente

hasta hacerle un gran nudo a la tristeza.

 

Imaginate, nomás imaginate

que le estruje el silencio

al señor uno, al señor dos 

y al señor tres, 

de los señores puntos suspensivos,

y después me disculpe desfachatadamente

sin muchas intimidades en el trato.

 

Imaginate hablarnos, un abrazo

y el resultado de un secreto consabido,

nuestra mutua verdad mentida a todos.

 

Imaginate la pasión,

tan, pero tan adolescentemente enamorada 

que falta sin aviso.

 

Imaginate besarnos

arrodilladas de canto gregoriano.

Imaginate un beso y otro…

Imaginate un escándalo,

total no cuesta nada.

 

Imaginate reírnos

de los dos romanticismos

Intrigadísimamente enamorados.

 

Vos señalando el nombre de las cosas:

árbol, barco, tormenta, pájaro, mimos,

y yo embarullando las confusiones,

total esta locura es responsable.

 

Imaginate mirarnos desde adentro

y abrazarnos en todas las esquinas.

Imaginate un beso…

 

Imaginate que un beso no fuera solamente un beso

en tu recuerdo antiguo

sino un tumulto de eterna complicidad.

 

 

 

 

(PRIMAVERA)

 

Imaginate un beso y la distancia.

Imaginate en el dolor, 

en la asamblea anual de los que esperan.

 

Imaginate los esporádicos encuentros

invadidos por los cuerpos

haciéndole el amor a los caminos

 

Imaginate que paso a buscarte  o que me olvido,

una Navidad compartida

y un libro indedicado.

 

 

 

 

(VERANO)

 

Imaginate una visita a la marea

y volvernos tostadas de entreveros.

 

Imaginate la espuma

de la probable furia fugitiva,

una caricia boba sabida de memoria por las partes,

castillitos de arena tartamudos de sueño a la mañana.

 

 

 

 

 

 

 

Erotismo express (de mis viajes y oídas)

1.

En la cabina del personal de a bordo, Maggie le hacía una mamada piadosa a Serguei, el camarero de a bordo, que había lloriqueado durante todo el trayecto porque su novio le había abandonado. Siempre supe que Maggie era una buena madre. Serguei salió como nuevo a cumplir con el service. Y no pensaba en su abandono.

2.

La Dra. Cenoit regresaba de uno de sus congresos de oncología. Esta vez había sido en Massachussets. Su marido la esperaba ansioso en el aeropuerto –ansioso de escuchar sus relatos eróticos de la fiesta que ella y dos colegas de distintos continentes habrían gastado–. Luego de masturbarse mutuamente, dormirían y se levantarían temprano para desayunar, leer la prensa e ir a sus puestos privados de trabajo, a vender sus conocimientos.

 

3.

Marius, Ernest y Jordi decidieron ayudarlo. Sí; hay que ayudarlo, dijo Marius, es un romántico y eso le impide ser feliz; no goza libremente de su cuerpo. Habrá que usar drogas, eso sí. Yo soy capaz de inducirlo, sin necesidad de darle un trip. Puede ser traumático, dijo Jordi. Nacer siempre es traumático. Fueron a la casa y tal como habían acordado, el romántico los esperaba con una hermosa mesa, el ambiente olía a esencia de palosanto. El champaña estaba a la temperatura justa y el caviar era gris. Cenaron maravillosamente y se distendieron sobre los sofás. El romántico obedeció yendo a buscar el lubricante para la ceremonia y, cuando regresó, los tres yacían plácidamente muertos.

 

 

 

 

 

 

 

 

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06.09.2013 10:37

Primer blog

Hoy hemos lanzado nuestro nuevo blog. ¡Sigue atento! Te mantendremos informado. Puedes leer los nuevos mensajes de este blog a través del feed RSS.

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